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Nos resuenan en nuestras cabezas estas palabras que Jesús pronunció a Simón cuándo les preguntó si sabían quién era Él. Simón, con mucha inocencia, per a la vez con una gran fe, confesó a Jesús como el Mesías, el enviado de Dios que viene a liberar a los hombres. Jesús le puso el sobrenombre de Pedro, que significa piedra, simbolizando así que Simón Pedro sería la piedra fundamental sobre la que se erigiría la Iglesia de Cristo. En Pedro tenemos el fundamento de la fe y de la comunión, si sacamos a Pedro, la Iglesia se desmorona igual que si dinamitamos los fundamentos de un rascacielos: sin fundamento, el edificio no se puede mantener en pie.

Hoy es un día importante para la Iglesia, pues celebramos este hecho tan importante para nosotros. El sucesor de Pedro, el santo Padre, tiene una gran labor: la de presidir a todas las Iglesias en la caridad. Él preside el colegio episcopal, formado por todos los obispos del mundo, el cual, como una sola persona, manifiesta vicariamente a Cristo en el mundo. El santo Padre no recibe un poder sacramental mayor que el de cualquier otro obispo, no tiene más autoridad que cualquier otro obispo, ni, si se me permite decir, no es tampoco más santo que el resto del episcopado. Es uno como ellos, pero con una labor específica: la de ser el pastor supremo, la de apacentar toda la grey del pueblo de Dios, en su carismática gracia, animándola en la fe, la esperanza y la caridad, y advirtiendo y corrigiendo todos aquéllos elementos que se desvían de la recta doctrina. Esta labor, muchas veces oculta, es muy importante para mantener la grey unida.

Esta mañana he tenido la suerte de celebrar la santa eucaristía en la basílica de San Pedro, en uno de los altares laterales preparados para los grupos que vayan, de buena mañana, a celebrar. Entre la algarabía de sacerdotes y monjas que buscaban un altar para celebrar, a pesar de las prisas, y de todo el movimiento del personal de la basílica, se respiraba un ambiente de fraternidad y de comunión con el papa. Hace unos meses que estoy viviendo en Roma y puedo decir que el ambiente de amor al santo Padre es muy alto: da igual si se llama Francisco, Benedicto, León o Pio; da igual si es alto, bajo, gordo o flaco; da igual si es italiano, americano o africano… lo que importa es que él es el Papa, y es alguien a quién se le debe un respeto. Incluso hablando con algunas personas que no se confiesan cristianas también se puede ver un gran amor por el Papa, por una persona que ha dado su vida por el Evangelio, que predica el amor, tan necesario para la comunión del género humano, y que lo promociona con actos concretos de caridad.

Hoy, hermanos, podemos tener un pensamiento por el Papa, orar por él y por su santidad de vida; y con él, confesar nuestra fe en Dios con la recitación del símbolo de la fe.

Pau Manent

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