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Del evangelio según san Juan:

Después de esto, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo:

–Tengo sed.

Había allí una jarra llena de vino agrio. Empaparon una esponja en el vino, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca.

Empiezo este ciclo de siete meditaciones entorno las últimas siete palabras de Jesús antes de su muerte corporal. La sed es una sensación totalmente humana. Todos nosotros hemos sentido en algún momento la necesidad de tomar un vaso de agua, de zumo o de cualquier otro refresco. Después de un gran esfuerzo, o después del deporte, o en momentos de estrés nuestro cuerpo nos pide agua. Jesús, home y Dios verdadero es un hombre como nosotros, que siente y padece, que tiene necesidades totalmente humanas, y que no se libra ni siquiera de la sensación angustiosa de pasar sed, una sed extrema. Aquél que subió a la cruz para redimir nuestros pecados no es alguien extraño, sino que es un hombre como nosotros, que ha asumido la carne humana, excepto en el pecado, para redimirla. Vemos que el escuadrón de soldados romanos, a la petición de Jesús, le acerca mediante una esponja, un poco de vinagre. Vemos en este momento como la sed de Jesús se agudiza, pues el sabor amargo del vinagre hace que las papilas de la lengua reaccionen y pidan agua para calmar la irritación lingual.

Hoy nosotros somos también como ese pobre Jesús condenado al patíbulo de la cruz. Nuestra cruz quizá no sea de madera, pero está hecha de preocupaciones y falsos apegos, es una cruz hecha quizás con los “likes” de Facebook o los “me gusta” de Instagram; es una cruz hecha con horas desperdiciadas ante la computadora jugando al Fall guys o cualquier otro juego de moda; es una cruz hecha de un trabajo insatisfactorio que no captiva nuestro corazón; quizás sea una cruz hecha por la enfermedad propia o la de algún ser allegado y que no nos permite disponer de nuestro tiempo libre como desearíamos (bueno, esto de tiempo libre tiene mucha miga y daría para otro post)… en definitiva, es una cruz hecha por nuestras inseguridades, nuestro corazón pequeño y nuestro afán de individualidad. A esta cruz nosotros le añadimos el vinagre, no como un aliño, sino como solución: aquél que dependa de los “likes” aún buscará más “likes; quién sueñe con un tiempo libre del que no dispone aún soñará con más fuerza; quién se empeñe en un trabajo o un estudio en el que no haya puesto el corazón, trabajará o estudiará cada vez peor esperando que del cielo le caiga el trabajo ideal… y poco a poco nuestro carácter se va agriando: si metes vinagre a la vida, la vida se vuelve agria.

¿Cómo podemos, entonces, volver dulce nuestra vida? Si el vinagre agria la vida, el agua la dulcifica. Pero no un agua cualquiera, sino el agua que solo el Espíritu de Dios puede darnos. Un agua, como le decía Jesús a esa samaritana en el pozo de Jacob, que brota del espíritu y que al beberla ya no se vuelve a tener nunca más sed: porqué esta agua ha calmado nuestra ansia, esta agua ha saciado nuestro corazón herido de amor con un amor rebosante, pleno, indefallente… el amor del Señor, que por nosotros fue entregado a la cruz.

Mis cruces, son, en definitiva, un muro que nos separa del amor de Dios y del amor de los prójimos; el agua que proviene de Dios es persistente y acaba agujereando la piedra de ese muro, anega nuestro corazón, lo sanea y santifica y lo hace capaz de amar. ¿Seguirás construyendo este muro de piedra que te separa del Amor?

En este primer viernes del tiempo de cuaresma, te pido, querido lector, que dediques un tiempo a la oración, unos 10 ó 15 minutos si puedes, y medites esta palabra de Jesús: tengo sed. Mira con qué agonía la dice. Como de seca debe de estar su garganta. Como su lengua quema al contacto con el vinagre. Siente ese dolor de Jesús clavado en la cruz, un dolor del que nace el amor más grande que salva a todos los hombres. Luego mira en tu interior y piensa de qué tienes sed, y pídele al Señor que te sacie la sed con su agua viva.

Pau Manent

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