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Hace dos mil años un rabino pronunció diez frases que todos nosotros deberíamos aplicar en nuestra vida. Estas diez frases constituyen el núcleo de la sabiduría del pueblo de Israel, del que nuestra cultura es heredera, y el rabino se llamaba Jesús de Nazaret. En este compendio de frases Jesús nos dejó dicho que el hombre ha sido creado para ser feliz; este es el significado de la palabra “bienaventuranza”. Vamos a ver cuál es el contenido de estas diez frases y en qué modo deberíamos nosotros aplicarlas en nuestra vida diaria.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Nuestra ansia de posesión de cosas nunca será plenamente saciada. Siempre saldrán nuevos productos que nos parecerá decir: ¿Cómo no se había inventado esto antes? Y mientras recorremos la vida vamos acumulando cosas, nuestra mochila va creciendo de tal modo que es ya difícil moverla. Y, sin embargo, seguimos sintiendo un vacío interior, dado que ninguna posesión nunca nos saciará. Y esto es una gran pobreza, dado que nada de lo que tenemos corresponde a lo que realmente nos satisface.

Por eso Jesús nos dice que, si realmente queremos ser felices, no debemos de ir acumulando cosas en nuestra maleta, sino que debemos de dejarla vacía, debemos amar nuestra condición pobre para así poseer una condición renovada, la condición de los ciudadanos del Reino de Dios: en este Reino no se valora a las personas por lo que tienen, sino por lo que son, por lo amadas que son del Padre y por cuánto amor pueden compartir con aquéllos que los rodean.

La verdadera felicidad no está hecha de cosas, sino de la experiencia de la plenitud del Reino.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

La mansedumbre es esa cualidad de la dulzura, de la benignidad, de la suavidad en el trato. Que tan gran cambio nos ofrece Jesús en esta savia frase: mientras el pensamiento de la sociedad sigue una línea de la competencia, muchas veces desleal, Jesús nos propone la vía de la mansedumbre.

Nuestra sociedad nos dice que para conseguir las cosas es necesario muchas veces pasar por delante de otros, ser competitivo, jugar sucio, enfadarse y ser un capullo. Pues esta forma de actuar no te hará feliz, ya que cada vez estarás más solo, sin amigos, solo con competidores que piensan que eres el más tonto del grupo, y te volverás un insoportable.

En cambio, el manso conseguirá igualmente sus propósitos, y, además, se granjeará buenas amistades, será respetado por todos, y su autoridad sobre los quehaceres de este mundo no será una autoridad posesiva, sino servicial. Por eso podemos decir que la felicidad no se encuentra en el dominio de las cosas, sino en el servicio que con ellas podemos ofrecer.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Esta es la frase que más me choca, porqué por un lado proclama la felicidad, y por otro, proclama el lloro: dos ideas que nos parecen opuestas, ya que quién llora habitualmente lo hace por tristeza, no por felicidad. Pero aquí entra en juego un tercer y muy importante elemento: la consolación que solo otra persona te puede ofrecer.

Tus tristezas no se irán por arte de magia, ni por realizar un viaje de ensueño, ni por poseer muchos bienes… la tristeza de verdad va mucho más allá de las puras apariencias y hace descender sus raíces hasta lo más profundo del corazón, donde nos quiere encerrar en la soledad. ¿No os ha pasado nunca que cuando estás tristes queréis estar solos y que nadie os consuele? Esta es la dinámica de la tristeza que quiere llevar a la depresión.

En vez de eso, déjate consolar: quien viene es alguien que tiene la llave de tu corazón y quiere que seas feliz. Después del lloro siempre vienen los gritos de alegría.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

La justicia es esa palabra que usamos muchas veces sin saber bien qué significa. Justicia es, en nuestro vocabulario, la virtud de dar a cada uno aquello que necesita: quien necesite ropa, alimento, techo, educación, salud… todo eso es un derecho y es de justicia que todos poseamos de unos mínimos recursos para vivir dignamente.

Nos pudiera parecer que será papá estado quien debe velar por dicha justicia, pero como todos habréis visto, la realidad no se ajusta a la idea: los estados y gobiernos no llegan a impartir la justicia hasta los confines de la sociedad. En cambio, sí que es posible hacer llegar dicha justicia a aquéllas personas que nosotros tenemos más cerca. La acción social no gubernamental, como la de la Iglesia, llega antes y mejor que la del gobierno: trabajemos todos juntos en construir una sociedad más justa (pero esto significa que todos tenemos que poder de nuestra parte, todos tenemos que sacrificar pequeños placeres a fin que nuestros bienes alcancen para todos).

Se es más feliz compartiendo que poseyendo, se es más feliz en dar que en recibir.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Amor por amor se paga, aunque tarde tiempo. Si respondemos con violencia a cualquier ataque, haremos de este mundo un lugar violento. Cambiar la dinámica de la sociedad es algo complicado y muy lento, pero es posible. De modo que si devolvemos amor ante la violencia, si devolvemos una palabra amable ante un desprecio, si devolvemos un signo de cariño ante un signo de odio, estaremos contribuyendo a cambiar el mundo, y tarde o temprano, llegaran los signos del amor a nosotros.

¡Qué bien que se siente uno al ir en contracorriente de la sociedad y devolver una bendición en lugar de una maldición! La persona que vino con ganas que guerra se va sabiendo que no tienen nada que hacer ante una cara amable y sonriente, y queda interpelada: algún día cambiará.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Una habitación desordenada, sucia, donde todo está fuera de sitio… no ayuda a mantener la calma y la serenidad; en cambio, una habitación limpia y ordenada es símbolo de una actitud serena y calma ante la vida.

Igualmente ocurre con nuestro corazón: si nuestro corazón está apesadumbrado por el peso de los pecados y de las malas acciones, si nuestro corazón va buscando agua en los pozos de aguas sucias y putrefactas, al final, no serás feliz. Pero si te empeñas en limpiar tu interior, en beber del agua límpida y pura que te ofrece el evangelio, entonces descubrirás el camino de la felicidad y podrás compartir tu vida con aquél que más te ama, el Señor.

Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

La bienaventuranza de la paz está muy conectada con las anteriores: ser manso y no volver mal al mal; ser hombre justo y dar a cada uno aquello que necesita, ser limpio de corazón y no buscar apropiarse indebidamente de aquello que no me pertenece, sea material o no. La paz surge de todo esto. El profeta Isaías ya nos lo recuerda que la paz es fruto de la justicia: sin justicia no es posible tener un mundo digno, y sin dignidad, no hay tranquilidad, no hay comunión, no hay paz.

Trabajar por la paz no es cosa de broma, es una tarea difícil porqué exige que cada uno se desposea de sí mismo y busque más el bien común que el bien propio, que busque la comunidad y no la individualidad, que busque el bien del otro y no el bienestar de uno mismo. Serán estos los mensajeros de Dios, ya que en estas acciones será Dios quien se manifieste poderoso, quien ayude con su Espíritu Santo a crear un nuevo Reino de paz y de justicia.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Quien piense que aplicar todos estos consejos será cosa fácil anda muy equivocado. Ser misericordioso, hombre de paz y justo, limpio de corazón, abrir el corazón al hermano y quien estime ja pobreza estará andando en contra del sentir general de la sociedad: será un profeta de los antivalores sociales, pero será un profeta de las virtudes cristianas.

No nos ha de quitar la serenidad la persecución por causa de la justicia del Reino de Dios, más bien debemos perder el sueño pensando en tantos que aún no han descubierto el tesoro que nosotros ya poseemos, y debemos rezar por ellos.

En el sufrimiento y en la persecución nuestra felicidad debe crecer, ya que imitamos con nuestra propia vida el recorrido hacia el patíbulo que Jesucristo recorrió para entregarse en favor nuestro. Sea la cruz del Señor nuestro apoyo y nuestra alegría; sea el reino de Dios nuestra esperanza.

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

Ja justicia tiene un nombre propio: Jesús de Nazaret. Este Jesús no es solo un maestro de la ley, no es solo un profeta, es el Hijo de Dios que encarna en sí la plenitud de todas las virtudes. Por eso, al buscar la justicia, busquemos a Jesús, quien es el hombre Justo por antonomasia.

Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.

Jesucristo ya ha vencido, y nosotros somos hijos de esta victoria: por eso no podemos seguir tristes, sino que debemos empezar a vivir como hijos e hijas libres en el Señor.

El Reino de los cielos se va desarrollando noche y día gracias al ímpetu que el Señor nos da, y a nuestra predisposición para ponerlo en práctica, sabedores que el Reino no será una realidad hasta que Jesucristo vuelva al final de los tiempos e imponga su justicia, y sea todo en todos.

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