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Queridos lectores, llevo un par de días con la luna torcida. Y no es que se me note en el carácter, pero la procesión va por dentro. Todo empieza con una noticia que leí ayer de buena mañana: tres escuelas concertadas de la ciudad de Barcelona pasarán a titularidad pública, son adquiridas por el ayuntamiento de Barcelona. Estas tres escuelas forman parte de la Fundación de Escuelas Vicencianas, y son la escuela Labouré, en el distrito de Ciutat Vella, la escuela Marillac, en la calle Sardenya, y la escuela Sagrada Família, en la calle Urgell, estas dos últimas del distrito del Ensanche. Junto a estas tres escuelas se añadió una cuarta durante el último trimestre del 2020, la escuela Immaculada Concepció, perteneciente a la Congregació de la Immaculada Concepció, que sita en la calle Valencia.

Leo esta noticia con gran dolor. Y hay que entender el porqué. Por un lado, los medios de comunicación nos dicen que la demanda de escuela pública y laica crece mientras disminuye la demanda de la educación religiosa. Este dato, si bien es comprobable, dista de ser real… en una escuela pública también se puede pedir que los alumnos reciban clase de religión católica, así como si hay un número suficiente de alumnos cuyos padres profesen otras religiones, también pueden pedir clase de dicha religión. En este sentido, la educación pública no está reñida con la clase de religión otra cosa serán las trabas que las distintas instituciones públicas pongan como excusa para no impartir dicho tipo de contenidos, pero eso es tema de otro post.

Por otro lado, veo con preocupación cómo los titulares de este tipo de escuelas se han envejecido y han menguado entre sus filas. Las paulas, que antes ocupaban cuatro casas en Barcelona, hoy caben todas ellas en una única casa, en la calle Carolines; y la congregación de la Immaculada concepción lleva años sin recibir ninguna nueva vocación. La falta de vocaciones en dichos institutos puede ser un motivo para tal venta al ente público, al verse faltas de fuerzas para llevar a cabo la labor educativa. Y tomen nota tantas otras congregaciones, institutos y órdenes religiosas que me vienen a la cabeza y que están en una situación similar a las dos mentadas. Pero este tampoco es el problema. Bien sabemos que, en nuestras tierras de la Europa occidental, tecnológicamente avanzada, del estado del bienestar, la secularización de la sociedad es un hecho patente y que las vocaciones a la vida religiosa han caído en picado cómo si viviésemos en un permanente viernes negro vocacional. Pero este no es tampoco el problema de la escuela cristiana: bien conocemos otras instituciones educativas de cariz marcadamente cristiano que subsisten como fundaciones de padres y madres de alumnos, como cooperativas o de algún otro modo legal, sin el apoyo material de un instituto religioso.

Cómo tercer punto me guastaría señalar el tema de la pastoral en las escuelas. Muchas veces, hablando con el consejo de pastoral de cualquier escuela de estas que se hacen llamar cristianas sale a la luz que la actividad pastoral se reduce a la celebración de la eucaristía un par de veces al año, y quizás alguna oración, con motivo de algún evento importante, que se rezará al finalizar el tiempo de patio. Ante esta situación, viendo la secularización de la sociedad y la poca fuerza que puede ejercer el consejo pastoral, muchas veces cae en el desánimo y le entran los pensamientos negativos: Total, por lo que hacemos, mejor lo dejamos estar… Cierto que la actividad pastoral debe cambiar, ser mucho más explícita a la hora de presentar el misterio cristiano, la alegría cristiana; cierto también que la actividad pastoral no debe reducirse únicamente a ciertos momentos del día o del año, sino que debe ser presente a lo largo de la jornada lectiva, en medio de la clase de matemáticas, en las reuniones de profesores, en el aula informática, dado que aquello que más atrae no son las palabras, sino el testimonio de los profesores, que deben ser también modelos en la fe. Pero éste tampoco es el problema de la escuela cristiana.

Despejadas estas tres incógnitas anteriores, cada una sintetizada en pocas líneas y de las que deberé dar cuenta en futuros posts, paso a indicar cuál es el verdadero problema de la escuela cristiana: el laicado. Sí, señores y señoras, me atrevo a señalar el laicado adormecido, anonadado, silencioso, anónimo… que no tiene agallas para establecer el Reino de Dios en este mundo, también en la escuela, como el motivo de esta deshecha educativa. No se me interprete mal, hay, gracias a Dios, muchos hombres y muchas mujeres que tratan de vivir su fe de la mejor manera posible, dando testimonio en la esfera pública. Aquí me refiero a una parte del laicado que vive de forma descansada, ociosa, dejando que otros tiren del carro, sin empeñarse en construir el Reino de Dios. No podemos dejar que la escuela cristiana sea una tarea únicamente de curas y monjas, sino que también los laicos deben ponerse a remar en la barca de Pedro. Al respecto, cito un largo párrafo de la constitución dogmática Lumen Gentium, del concilio Vaticano II, que en su número 31 dice:

El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación. En tanto que los religiosos, en virtud de su estado, proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas. A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

Lumen Gentium 31

No he visto, por ahora, ninguna fundación que haya establecido contactos para ayudar a estas cuatro escuelas, sigo esperando un comunicado de la Fundació d’Escoles Cristianes de Catalunya, de la cual las cuatro formaban parte, y que, al pasar a ser de titularidad pública, abandonarán dicha fundación. Sigo esperando que las escuelas cristianas de España propongan un modelo que las diferencie de la escuela pública: dónde antes la escuela concertada cristiana se presentaba como una opción de excelencia educativa a un coste no muy elevado, ahora esta ventaja competitiva ha desaparecido y no ha sabido presentar su verdadera esencia, que es el camino cristiano. Sigo esperando, a día de hoy, a claustros de profesores que crean en los idearios de dichas escuelas: cuando se tienen claustros enteros que no comulgan con las ideas del cristianismo, es muy difícil llevar a cabo la tarea educativa y pastoral. Y sigo esperando asociaciones de padres y madres que reclamen una educación cristiana, religiosa y de virtudes… Pero en vez de eso nos encontramos con una muchedumbre laica y silenciosa, con miedo de alzar la voz y que mira hacia otro lado cuando ve los problemas de los demás. Una muchedumbre individualista que no cree en la comunión de la Iglesia, y que ante el inminente traspase de dichos centros ha pensado: sálvense quien pueda. Así no vamos a construir nunca una Iglesia. Con este panorama se puede entender que esas cuatro hermanas, ancianas y sin mucha fuerza, se hayan vendido al mejor postor. No quiero hacerme muy pesado con las citas, pero debo incluir los números 8 y 9 de la declaración Gravissimus Educationis sobre la educación cristiana, del Concilio Vaticano II. Recomiendo la lectura completa de este texto a todos aquéllos que estén relacionados de alguna manera con la educación, pues indica de forma muy precisa lo que debe ser una escuela cristiana.

La presencia de la Iglesia en la tarea de la enseñanza se manifiesta, sobre todo, por la escuela católica. Ella busca, no es menor grado que las demás escuelas, los fines culturales y la formación humana de la juventud. Su nota distintiva es crear un ambiente comunitario escolástico, animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad, ayudar a los adolescentes para que en el desarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo según la nueva criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar últimamente toda la cultura humana según el mensaje de salvación, de suerte que quede iluminado por la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre. Así, pues, la escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso actual, educa a sus alumnos para conseguir eficazmente el bien de la ciudad terrestre y los prepara para servir a la difusión del Reino de Dios, a fin de que con el ejercicio de una vida ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad humana. Siendo, pues, la escuela católica tan útil para cumplir la misión del pueblo de Dios y para promover el diálogo entre la Iglesia y la sociedad humana en beneficio de ambas, conserva su importancia trascendental también en los momentos actuales. Por lo cual, este Sagrado Concilio proclama de nuevo el derecho de la Iglesia a establecer y dirigir libremente escuelas de cualquier orden y grado, declarado ya en muchísimos documentos del Magisterio, recordando al propio tiempo que el ejercicio de este derecho contribuye grandemente a la libertad de conciencia, a la protección de los derechos de los padres y al progreso de la misma cultura. Recuerden los maestros que de ellos depende, sobre todo, el que la escuela católica pueda llevar a efecto sus propósitos y sus principios. Esfuércense con exquisita diligencia en conseguir la ciencia profana y religiosa avalada por los títulos convenientes y procuren prepararse debidamente en el arte de educar conforme a los descubrimientos del tiempo que va evolucionando. Unidos entre sí y con los alumnos por la caridad, y llenos del espíritu apostólico, den testimonio, tanto con su vida como con su doctrina, del único Maestro Cristo. Colaboren, sobre todo, con los padres; juntamente con ellos tengan en cuenta durante el ciclo educativo la diferencia de sexos y del fin propia fijado por Dios y cada sexo en la familia y en la sociedad; procuren estimular la actividad personal de los alumnos, y terminados los estudios, sigan atendiéndolos con sus consejos, con su amistad e incluso con la institución de asociaciones especiales, llenas de espíritu eclesial. El Sagrado Concilio declara que la función de estos maestros es verdadero apostolado, muy conveniente y necesario también en nuestros tiempos, constituyendo a la vez un verdadero servicio prestado a la sociedad. Recuerda a los padres cristianos la obligación de confiar sus hijos, según las circunstancias de tiempo y lugar, a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas y de colaborar con ellas por el bien de sus propios hijos.

Gravissimus educationis, 8

Aunque la escuela católica pueda adoptar diversas formas según las circunstancias locales, todas las escuelas que dependen en alguna forma de la Iglesia han de conformarse al ejemplar de ésta. La Iglesia aprecia también en mucho las escuelas católicas, a las que, sobre todo, en los territorios de las nuevas Iglesias asisten también alumnos no católicos. Por lo demás, en la fundación y ordenación de las escuelas católicas, hay que atender a las necesidades de los progresos de nuestro tiempo. Por ello, mientras hay que favorecer las escuelas de enseñanza primaria y media, que constituyen el fundamento de la educación, también hay que tener muy en cuenta las requeridas por las condiciones actuales, como las escuelas profesionales, las técnicas, los institutos para la formación de adultos, para asistencia social, para subnormales y la escuela en que se preparan los maestros para la educación religiosa y para otras formas de educación. El Santo Concilio exhorta encarecidamente a los pastores de la Iglesia y a todos los fieles a que ayuden, sin escatimar sacrificios, a las escuelas católicas en el mejor y progresivo cumplimiento de su cometido y, ante todo, en atender a las necesidades de los pobres, a los que se ven privados de la ayuda y del afecto de la familia o que no participan del don de la fe.

Gravissimus educationis, 9

Este post no es una crítica, este post quiere ser un llamamiento al laicado para que se levante, para que tome conciencia que si quiere una Iglesia viva debe empezar a mojarse por la Iglesia. ¡Si quieres una escuela cristiana, empieza a construir una sociedad cristiana!

Pau Manent

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