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Vemos hoy en el evangelio cómo Jesús toma un poco de distancia respecto al mundo. Después de cerca de treinta años de vida oculta en Jerusalén, antes de iniciar su recorrido de tres años en el que proclamará el Reino de Dios, toma un retiro de 40 días. En el relato de Marcos, el que leemos hoy, se nos cuenta que durante esos cuarenta días Jesús se dejaba tentar por Satanás. A diferencia de los otros dos evangelios sinópticos, Marcos no nos cuenta nada más: no nos dice la especie de tentaciones a las que Jesús era sometido, ni qué más hacia durante el día. Ahí es dónde nuestra imaginación debe ayudarnos a montar la escena de esta perícopa evangélica.

Situémonos en el desierto de la Decápolis, la actual Jordania. No pensemos que Jesús se fuera a pasar todo el día bajo el Sol, seguramente habría buscado un lugar en la roca dónde refugiarse. Posiblemente cerca de una fuente de agua que le suministraría el alimento necesario durante esos cuarenta días.

Y pensemos qué haría. Esa cuarentena se parece mucho a unos ejercicios ignacianos: uno se aparta del mundanal ruido para tomar conciencia del amor de Dios Padre y para volver al mundo con espíritu renovado para construir el Reino. Jesús estaría allí muy acompañado por el Padre y el Espíritu Santo: fue un tiempo de preparación para la misión.

Nosotros, sin salir de nuestra vida diaria, también somos invitados a tomar esta cuarentena como un tiempo de preparación hacia la plena recepción del Reino. Por eso somos invitados a adentrarnos en el misterio del amor de Dios. Y por eso, la Cuaresma es también un tiempo de misericordia, dado que la misericordia es la expresión más alta del amor. El amor se nos revela en nuestras pequeñeces. Por eso no debemos desanimarnos cuándo nos vemos pecadores, sino que en nuestro pecado debemos ver la oportunidad de un encuentro con el Señor y un estrechamiento de nuestra relación con Él: La Cruz del Señor es el instrumento mediante el cual nos ha amado.

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